El descrédito de la política, por Mercedes GALLIZO 

El descrédito de la política, por Mercedes GALLIZO 

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Un fantasma recorre hoy Europa: el descrédito de la política. Viene de unos años atrás y su origen tiene que ver con el hartazgo respecto a la forma en que se han manejado los asuntos públicos. Un hartazgo más que justificado, por cierto, en un tiempo contaminado por la sucesión de casos de corrupción, por las puertas giratorias,… por el aprovechamiento personal, en definitiva, de los puestos públicos para obtener beneficios privados.

Pero nos engañaríamos si pensásemos que no hay también otros actores, otros intereses muy interesados (redundantemente interesados) en que la política y quienes se ocupan de ella no tengan mucho aprecio de la gente.

La política, en democracia, es muy peligrosa para algunos intereses. Es la política lo que permite tomar decisiones sin que sean los más fuertes, ni los más poderosos, ni siquiera los más sabios (si es que pudiéramos ponernos de acuerdo en quiénes son los más sabios…) los que las determinen. La política, como propuestas, y las elecciones, como instrumento para optar entre ellas, son las que deciden cómo va a dirigirse el país. Y eso es cosa de todos.

En las urnas, todos somos iguales y todos podemos decidir. ¿Hay que invertir en una escuela pública de calidad o sólo básica? ¿La sanidad será igualitaria o público-privada? ¿Priorizaremos los kilómetros de AVE o la investigación universitaria? ¿Nos conviene ser aliados de los países de nuestro entorno o ir por libre? ¿Vamos a pagar el cada vez mayor coste de la seguridad o creemos que es innecesario? ¿Hay que garantizar un futuro para las pensiones de todos o aceptar que cada uno capitalice su ahorro para ellas? ¿Cómo vamos a pagar todo esto?… Qué peligro, piensan algunos. Gente sin formación, sin títulos, sin propiedades incluso, decidiendo de manera irresponsable sobre todas estas cosas. Y, claro, esas decisiones las pagamos los que más tenemos. Menuda broma…

Algunos ven la democracia como un riesgo. Pero saben, aunque sea más por historia que por convicción, que la ausencia de democracia es con certeza una catástrofe.

Por eso nadie acepta que se interprete que cuestiona la democracia. Seamos demócratas, pues, pero con cautelas.

Por eso vivimos en democracias tuteladas, o condicionadas… Nadie se engaña sobre el poder de quienes controlan los poderes económicos. No ignoramos su capacidad para crear movimientos casi telúricos como reacción frente a cualquier cambio que no les resulta conveniente; son maestros en producir alarma e inseguridad entre la ciudadanía. No desconocemos tampoco la influencia que tienen en grandes medios de comunicación, a los que sostienen a través de la publicidad, o de los que se han ido haciendo directamente accionistas.

Sabemos cuánta impostura hay en lo que nos cuentan, en lo que consiguen que nos preocupe. Pero, nos hace mella. También los ciudadanos tenemos miedo a la incertidumbre.

Poderes ajenos a nosotros condicionan nuestra opinión, y eso nos hace dudar de nuestra capacidad para decidir. Y, sobre todo, y de manera ostensible, la ciudadanía ha empezado a dudar de quienes actúan en nombre de todos, de quienes les representan. Todos están comprados por alguien, piensan muchos. Esa idea no siempre es espontánea. A veces, la difunden aquellos que más voluntades han intentado comprar.

Es verdad que muchos, demasiados, han ayudado a hacer creíble algo tan perverso como radicalmente injusto: que ocuparse de las cosas de todos, del gobierno de la democracia, no prestigia, sino que envilece.

Mientras eso sea así, la democracia tiene un importante problema.

Origen: El descrédito de la política – MERCEDES GALLIZO – 20minutos.es

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